LEER ENTRE REJAS .....
Leer en prisión es una actividad sometida a muchas limitaciones.
Ni los envíos desde fuera ni las bibliotecas internas se libran de controles y
censura.
Cada dos semanas, Eduardo
Cozar celebra el Día del Libro, sin grandes titulares ni alharacas. Su
conmemoración se basa más en el hacer que en el decir, en la práctica
sobre la teoría.
Lo realiza mediante talleres
en dos módulos de la prisión de Estremera y en otro de la militar de Alcalá de Henares,
ambas en Madrid. Lleva allí ejemplares que consigue a través de la biblioteca
en la que trabaja para que los internos puedan leerlos durante un mes y
posteriormente comentarlos. "Entre un libro y otro, leemos textos cortos,
algo de poesía y ahora estamos empezando con la escritura", explica a Diagonal.
Las sesiones de lectura que imparte
Cozar en la cárcel duran unas dos horas y media y se llevan a cabo desde hace
un par de años, auspiciadas por la Confraternidad
Carcelaria de España (Concaes).
La vía más implantada para poder
leer dentro de prisión son las bibliotecas. En las cárceles suele
existir una central y otras de menor tamaño en los módulos. Pero esto cambia
mucho de una a otra.
Estíbaliz de Miguel, autora del
ensayo Relaciones amorosas de las mujeres encarceladas y miembro de SinRejas, red de
Investigación sobre Mujeres y Cárceles, recuerda para Diagonal el
funcionamiento de la biblioteca en una macrocárcel, tal y como le comentó una
reclusa: "Hay dos bibliotecas, una en el módulo y otra la central. Si no
encuentras algo en la del módulo, tienes que hacer un escrito para que te dejen
acceder a la central. Puedes coger dos libros al mes y a los 15 días tienes que
renovar".
De Miguel confirma que, "como
muchas otras cosas en prisión", la biblioteca varía mucho de un centro a
otro. "Yo he conocido cárceles 'pequeñas', de varios cientos de personas
presas, y a los módulos de mujeres sólo llegaba el catálogo, pero no tenían
opción de ver los libros", recuerda.
Desde la Asociación Colectivo La Calle, que trabaja
en programas para el desarrollo e inserción de menores y jóvenes en riesgo de
exclusión social, apuntan que, "en principio, las personas presas no
tienen por qué tener ninguna restricción a ninguna lectura del catálogo de la
biblioteca", pero subrayan que una cosa bien distinta es "qué libros
hay disponibles en el catálogo, en función de qué criterio, y qué libros pueden
entrar de fuera".
En estas bibliotecas, las funciones
habituales de un bibliotecario –mantenimiento, ordenación y catalogación de los
ejemplares– son llevadas a cabo por reclusos. "Son, además, los encargados
de llevar un catálogo a cada módulo y un carrito con los libros pedidos por los
presos y las presas, y en cada visita a un módulo realizan entregas y recogidas
de libros", indica Gea Fernández.
Libros peligrosos
Recientemente se conoció la devolución
de un paquete sin abrir que contenía un libro para la presa Noelia Cotelo,
enviado por su madre a la cárcel de Topas (Salamanca). En el sobre se indicaba
que la causa para denegar la recepción eran "motivos de seguridad".
Finalmente, se lo pudo entregar en una visita personal el 22 de abril. A Cotelo
le permiten tener únicamente dos libros en la celda.
"La
entrega y recepción de paquetes se torna en una forma de ejercer chantaje o
castigar a las personas presas que resultan incómodas"
Gea Fernández considera que un
libro no debería obtener mayor dificultad a la hora de llegar a una
persona presa, a través de los cauces y controles oficiales, que otro tipo de
objeto.
Sin embargo, según su experiencia,
"en ocasiones esa entrega y recepción de paquetes se torna en una forma de
ejercer chantaje o en una forma de castigar a aquellas personas presas que
resultan incómodas, habitualmente por reivindicar sus derechos o exigir mejoras
en el trato a la dirección de los centros. Las razones que se aluden para negar
la entrada de una determinada publicación suelen ser cuestiones de
seguridad".
En prisión sólo pueden entrar
publicaciones que estén registradas en ISBN, pero esta experta asegura que
"dependiendo del tipo de publicación y la temática que aborde, es bastante
probable que se aplique una cierta censura en casos concretos".
Las trabajadoras de La Calle
confirman esas trabas –"explícitamente no, pero claro que hay que superar
filtros: se revisan títulos, contenido,…"– que sitúan en un marco de
limitaciones más amplio: "No sabemos con qué frecuencia pasa respecto a un
libro, pero la prohibición de meter cosas de fuera pasa constantemente. Existe
diferencia de criterio sobre qué se puede meter o no en función de cada centro,
de quién esté en la dirección, de si es hoy o es mañana, etc. La manera que
tienen de justificar cualquier prohibición siempre es por motivos de seguridad,
y en realidad es una cosa que depende de su voluntad y criterio".
Gea Fernández afina más y opina a
modo de conclusión que "este tema no es más que un reflejo de la
arbitrariedad con la que se toman las decisiones en los centros, alegando
cuestiones de seguridad por encima inclusive de otras que en principio deberían
relacionarse con la reeducación e integración social: la autoformación no puede
entenderse como un peligro, sino como una intención por parte de la persona
presa de no caer en la apatía y las dinámicas 'negativas' dentro de
prisión".

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